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DIRECCIÓN Jorge A. Fernández / REDACCIÓN Yesel Melo / TRADUCCIÓN Olimpia Sigarroa / DISEÑO Jorge A. Rebull
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Florencio Gelabert Soto es un hereje con respecto a las doctrinas de la estética. A estas alturas no es secreto para nadie que la belleza es una construcción cultural. Cada época ha funcionado con patrones particulares para definir lo bello y lo feo e igualmente cada individuo opera con nociones muy específicas con respecto a estos conceptos. Una de las categorías de valor en lo que al arte se refiere ha sido el componente estético. De hecho, es una de sus cualidades intrínsecas; el suceso artístico es a la vez estético, o sea, vinculado a la belleza. Incluso aquello que en lo cotidiano es considerado como feo es subvertido y “embellecido” por el único hecho de ser acogido por los predios del arte. La fealdad a través del arte adquiere una nueva dimensión, impacta al espectador de otra manera en la que se imbrican experiencias como gozo y repulsión1.
Gelabert Soto parece estar al tanto de estas posibilidades expresivas e influencias que sobre el espectador ejerce el arte. Para él la creación es un acto provocador que en su caso es llevado al límite al utilizar “lo abyecto” como objeto de representación. El desecho, la destrucción son elementos con los cuales construye sus piezas. De esta manera trastoca los juicios de valor a través del arte, pues estetiza aquello que es repelente
ya sea por convención social, preceptos éticos, o algún otro criterio similar. En una era donde todo se vale, donde cualquier objeto o hecho es susceptible de convertirse en arte y en una sociedad cuyas leyes están basados en patrones consumistas y se instaura como patrón la ley del desecho, la utilidad a corto plazo hace que prolifere como ideología de vida la de la sustitución y que se genere una cultura del deshecho, de la acumulación inservible. Entonces la idea de “gran basurero” pudiera funcionar como cuasi epíteto para definir al mundo contemporáneo. En obras como El Desagüe, 2011 La Cañería II, 2011 aparecen re–creadas con total nivel de realidad elementos como excrementos humanos, restos de comida, grasa. Estas piezas son una referencia al saldo de los comportamientos consumistas, pero igualmente pudieran tener cierta filiación con postulados de corte ecologista. En cambio, hay otras obras donde lo desagradable es objetivado de otra manera quizás menos evidente pero no por eso menos eficaz. En El Sitio y en La Salida se hace manifiesto a través de las grietas, de los destrozos, de la alteración del equilibrio que es
resultado del orden de un estado de cosas. Sin embargo, este “embellecimiento” de lo abyecto es realizado a través de un recurso en el que se pone en juego otro criterio también distintivo de estos tiempos, la simulación. Muy pocos de los objetos que forman parte de las piezas son tomados de la realidad a la manera del ready made, sino que estos son construidos utilizando una técnica muy depurada para corroborar lo que dijera Aristóteles
en su Poética, sobre la posibilidad de realizar lo bello imitando con maestría lo que es repulsivo. La experiencia receptora del espectador es pues manipulada por las posibilidades del arte para “edulcorar” todo aquello que en la vida es acerbo.
El vínculo entre lo real y lo artificial es un elemento sugestivo que no se debe desatender. Sus obras son perfectas imitaciones de elementos de la realidad. Con esto plantea una interrogante sobre dónde están los límites entre uno y otro. Un excremento humano está tratado con tanto nivel de realismo que el espectador no está exento de la duda. De hecho me atrevería a decir que es de los que llevan a la escultura al ámbito de un realismo suigéneris, rayano en la teatralidad o el hiperrealismo, si se quiere. Su obra parece funcionar como un juego de efectos. La perfección de las formas, la mímesis hacen pensar al espectador que está ante un suceso real, un derrumbe, o un derramamiento, como a él le gusta llamar a los “botaderos” por los que salen todo tipo de desechos humanos y urbanos. Sin embargo, no oculta que sus obras son recreaciones de lo real, no le molestan adjetivos como “engañoso” o el hecho de que los tubos estén demasiado relucientes, porque esas sutilezas aportan otras posibilidades de lectura. El hecho de que el artista no adquiera la totalidad de los elementos que intervienen en las piezas de desagües reales o basureros; ni las vigas sean de metal, o las paredes pertenezcan a un derrumbe que ocurrió realmente, sino que sean creados utilizando materiales de construcción, madera barnizada para simular el hierro de las vigas, resina para recrear la grasa y plantas artificiales es una manera de genera en el espectador el llamado síndrome de la sospecha2 . De ahí que ficción y realidad se vean incisivamente puestas en tela de juicio, lo mismo que el acto perceptivo propiamente dicho, un acto que en tanto experiencia, es totalmente subjetivo. Gelabert deja muy claro que no es lo mismo verdadero que verosímil. De esta manera sus obras son una resemantización del arte povera mezclado al mismo tiempo con el minimalismo y el conceptualismo. No obstante, sus preocupaciones no están encauzadas únicamente al arte mismo sino que son de diversa índole y abarcan tanto el ámbito artístico como extra-artístico. Se pudieran determinar ideas como por ejemplo el saldo de los comportamientos consumistas de la sociedad contemporánea, que está por demás vinculado entre otros aspectos a la temática ecológica, la tendencia del hombre a la autodestrucción (como especie), u otros aspectos menos evidentes como pudieran ser el carácter finito de los procesos, o la concepción del fragmento como conformador de una identidad que es a su
vez la sumatoria dialéctica de otras identidades.
En esto juega una vital importancia la maestría con que se apropia de los espacios. Aunque la escultura le viene de la casta, sus vías de expresión tienen poco que ver con las de su padre porque Gelabert Soto ha desarrollado una escultura que trasciende el objeto en su concepción moderna, vinculándola al espacio y haciéndola de este modo más instalativa. Realmente no es gratuito que haga del espacio un elemento más dentro de la obra, una somera revisión de los trabajos de sus inicio demuestran su interés por la escultura ambiental y la relación de los volúmenes con el sitio donde estaban ubicadas las obras. Esta ha sido una constante durante su carrera que no ha estado exenta de matices y que ha sido adaptada a las preocupaciones que le atañen en ese momento creativo.
La muestra “Huellas”, (noviembre 2011 Galería de Arte Villa Manuela), representa un muestrario de los aspectos que se han manifestado dentro su producción artística. La relación hombre naturaleza, la intervención de los espacios, la simulación como estrategia, la estética de lo feo. Pero sobre todo es una manera de reconectarse con su tierra natal y con aquellos trabajos que realizara antes en Cuba. Si miramos con atención la totalidad de sus creaciones, vemos que en ellas está latente la necesidad de evidenciar el rastro que deja el hombre en el mundo, aunque este no sea siempre precisamente grato. Un rastro que en tanto tal, se debate en la disyuntiva entre ser y parecer.
1 Esta es una teoría manejada por Umberto Eco en sus libros La Historia de la belleza y La Historia de la fealdad
2 Esta categoría la he tomado de un video homónimo de Lázaro Saavedra (2004, 2’56’’)
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LA DISYUNTIVA ENTRE EL SER Y EL PARECER
