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“Esta es mi obra… allá ustedes” (I)

Autor: Yaíma Guilarte Hernández
27 Abril, 2015

Es criollo, venezolano, caribeño, ha vivido en Europa y reside actualmente en la isla de Aruba; pero a Nelson González La Habana no le resulta ajena. Nos visitó en la oncena Bienal y, confiesa que entonces quedó fascinado con nuestra cultura. Ávido por descubrir las conexiones entre los diferentes Caribes, ha retornado en más de una ocasión. “Ya no me sentía de ninguna parte, soy de todos los lugares donde pueda poner mi trabajo” A este hombre camaleónico le queda pequeña la etiqueta de artista multidisciplinario. “Me da dolor que me llamen así cuando he tenido que emprender investigaciones etnológico-religiosas, musicales y de otros tipos. Me parece minúscula esa idea, muy limitada”. Entonces, ante la pregunta de cómo le gustaría ser calificado, responde: “ni siquiera lo sé”. Nelson encaja en el arquetípico paradigma de intelectual reflexivo y coherente; que a la vez luce una deliciosa espontaneidad. “Hago lo que siento porque la única verdad que tengo es la acción egocéntrica de ser un artista contemporáneo”.



¿Qué opinión le merece la Bienal de La Habana?


Después de Venecia es la más importante del mundo porque a pesar de todas las limitaciones de producción que puedan existir, los artistas empeñan el alma para poder estar acá y creo que buscan una experiencia diferente. Se enfrentan a un sistema con características especiales que muchos consideran negativas; en mi caso resultan todo lo contrario. Estamos acostumbrados a trabajar en atmósferas donde a veces al artista se le proporciona todas las herramientas y hasta sus caprichos, en La Habana no es así, aunque suene muy cliché, aquí es todo “por amor al arte”. Este es un concepto casi poético que se debe reestructurar en otros sistemas más consumistas donde las bienales tienen una estructura muy de élite, no se acerca a las comunidades y donde el público de arte sigue siendo un grupo discriminatorio hacia los otros estratos sociales. Yo he estado en bienales donde las aperturas son 300 personas y después las obras quedan vacías de sentido. En esta edición que se avecina, siento un gran privilegio de representar a Aruba porque será súper participativa.


 

¿Qué retos encuentra en este evento?


No me quiero poner anecdótico ni demasiado retrospectivo, pero mi trabajo de base nació en Venezuela desde una organización popular. Comencé a pintar murales a los siete años junto a otros niños y tratábamos de transformar el barrio donde nací y crecí, donde está toda mi memoria y es lo que construye la forma de arte que hago ahora. Cuando llegué al Caribe holandés, lo hice como un artista con residencia para insertarme en una comunidad multicultural donde cohabitan 77 nacionalidades y se hablan cuatro idiomas. Entonces, para mí fue como replantear toda mi historia personal en una dinámica de trabajo, pero en un contexto nuevo.


Esta Bienal tiene todas esas características y me parece un hallazgo curatorial que hayan dicho “Nelson González es el artista que puede insertarse”, porque a la vez ha sido una experiencia de base. Me puedo desplazar entre todos esos recursos porque me formé en un espectro muy amplio. Independientemente de que haya ido a una escuela y me graduara de pintura y diseño, siempre necesité pasar a la instalación, explorar el arte conceptual, agarrarme de los elementos folclóricos para pasar a los contemporáneos y, a la vez, tratar de incursionar en video, fotografía, música, performance, dibujo. No siento que pertenezco a ningún género, siempre depende de donde la intervención debe tener lugar y me afilio a cualquiera de las técnicas que concuerde con ese entorno y que concuerde con lo que quiero decir. Para mí el concepto de esta Bienal necesita que haga una propuesta donde pueda juntar todos esos elementos-no porque lo diga la convocatoria- es un verdadero reto poder hacerlo en un contexto desconocido y la mejor forma de decirlo es con una palabra muy complicada en holandés: inburgering


 

¿Inburgering?


Sí, es todo un modelo de vida para poder ser un naturalizado holandés. Involucra un conocimiento pleno de la música, la geografía, la gastronomía, la historia política y cultural. Empleo como macrolínea de este proyecto el inburgering para lograr una especie de eslabón entre Cuba y Aruba. No solo tiene que ver con la historia, es decir, si tuviera que resumirlo en una metáfora visual, pondría una caña en pleno mar Caribe que uniera a Cuba y Aruba porque en el momento en que los arubianos estaban atravesando una situación muy difícil, la única opción era venir a cortar caña a Cuba. No solo la migración entre las dos islas es el punto de partida para mi investigación, también las conexiones idiomáticas que nos unen a África, la similar –nunca igual- historia de colonización. Uso el inburgering con un afán de integración en la cultura.


 


¿En qué consiste su proyecto?


Desarrollé un guion literario que parte de una historia y una recolección de dichos populares. Es un suceso con todas las características típicas de la narrativa: una descriptiva de los personajes, un conflicto con su solución y un final. Lo adapté a través de diferentes géneros de las artes como el ballet, la danza contemporánea, la música, la actuación y los nuevos medios de las artes visuales. A través de un proceso de investigación fui buscando historias personales en las cuales el cubano se sienta identificado y traté de escribir una idea ficcionada de una familia que vive en La Habana Vieja.


Considero que es la mejor manera de poder demostrar un inburgering a la cultura cubana. A veces tengo que decir en la calle “oye, asere” porque adaptando los modismos, me acerco a lo que la gente conoce. Siempre intento caribeanizar Europa como ellos nos han europizado a nosotros. El proyecto se llama “El jardín de las delicias”, inspirado en la pintura de El Bosco.


Trabajé con una filóloga que me ayudó con las frases idiomáticas y la corrección del texto. Luego, tengo asesores cubanos que hacen un inburgering a Nelson en la cultura y son plataformas fundamentales en el proyecto. Son Eugenio Hernández Espinosa, que le dio la dramaturgia y Rogelio Martínez Furé, que aportó los referentes etnológicos. El hecho de trabajar con ellos, me da un espectro donde mi obra es tan procesual que mi mano casi no se nota porque la idea es camuflarme de tal manera que piensen que es un proyecto de ellos: de Furé, de Espinosa, de las actrices. Ya la obra se convierte en un proceso de educación de Nelson, pero donde las personas no deben verlo a él, teniendo en cuenta que el verdadero inburgering es que no sepan que ese proyecto en Cayo Hueso la hizo un extranjero.


 


¿Por qué Cayo Hueso?


Como obra de arte contemporáneo, me gustaría tal vez buscar a un abogado que quiera demandar a la familia de Michael Jackson y esa demanda plotearla a 5 metros por 3 y ponerla en una galería porque la gente de Cayo Hueso no es consciente de los aportes que han hecho al mundo. Cuando ves Thriller de Michael Jackson, percibes un solar de Cayo Hueso, los clásicos de la rumba. Copia las formas coreográficas, ciertos pasos y lenguajes corporales llegados de África, y también refinados a través del flamenco y de lo que Cuba ha podido germinar en tantos años de postcolonización. Aunque yo no haya escogido la locación, me parece un tremendo hallazgo curatorial que me hayan dicho “tu obra tiene que ir a Cayo Hueso” no solamente porque hable de la rumba, ahí está la semilla de los aportes de miles de otros géneros al mundo. Cuando veo La última rumba de Papá Montero y su escena inicial donde los muertos bailan en el cementerio de Guanabacoa, es Thriller de Michael Jackson.


(En la próxima entrega, responde acerca de sus herramientas para la investigación, lo transgresor de su obra y de sus influencias).